Permiso divino

Por Alberto Ruiz 29 de julio de 2021

Tarte aux pommes de Cédric Grolet

 

Los franceses inventaron la pastelería, o buena parte de la misma, y además crearon una palabra para referirse a ella con el respeto que merece. Hablamos de la gourmandise. La traducción literal nos lleva a un término peyorativo, la gula, o peor aún, la glotonería. Pero para entender bien a lo que los galos se refieren con su gourmandise, recurrimos al gran Brillat-Savarin: “es la preferencia apasionada, razonada y habitual por los objetos que favorecen el gusto...” Pero matiza, “la gourmandise es enemiga de los excesos...de la indigestión o de la embriaguez”.

Además, en su larga definición, el insigne jurista y político francés también incluye una acepción vinculada a la moral, “la gourmandise es una resignación implícita a las órdenes del Creador, quien, habiéndonos ordenado comer para vivir, nos invita a hacerlo con apetito, nos sostiene con gusto y nos recompensa con placer “.

Con gran ingenio, Brillat-Savarin nos convence de que ya que tenemos que alimentarnos para subsistir, hagámoslo disfrutando y encontrando el placer. Y además, contamos con la autorización del Creador. Transcurridos 173 años desde la edición de la Physiologie du Goût, nos quedamos con este pensamiento para seguir defendiendo el sentido y la esencia de la pastelería también hoy. Apasionada, alejada de los excesos pero claramente enfocada a proporcionar placer. Y con permiso divino. Insuperable.