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Opinión
Alberto Ruiz

Primera división

Los pasteleros madrileños se quejan de la irrupción de una cadena de panaderías en la capital que ofrece sus croissants a 50 céntimos. Es evidente que un croissant no puede venderse a semejante precio, salvo que no sea un croissant. O al menos lo que entendemos por un croissant de verdad. Pero eso a muchos consumidores no les preocupa. Estamos hablando de un tres por uno y en medio de una situación de crisis.

Algo parecido ha ocurrido con el pan en los últimos años. Las barras, baguettes, pistolas… se han llegado casi a regalar para atraer a la clientela a determinados establecimientos. Y hemos visto el pan incluso en la gasolinera.

No son muchas las opciones para contrarrestar estas prácticas, aunque sí conviene considerar algunas cuestiones.

En primer lugar, hay que decidir en qué división se quiere jugar, si en la de la alta o en la de la baja pastelería. Se entiende por alta pastelería aquella que selecciona las mejores materias primas y que respeta la calidad por encima de todo. No necesariamente hablamos de lujo.

En segundo lugar, hay que saber que la alta pastelería no es para todos los públicos. Ni por capacidad para apreciarla, ni por capacidad para comprarla.
Y en tercer lugar, hay que comunicar que estamos en esa primera división, que nuestros croissants no pueden costar 50 céntimos porque son de mantequilla, porque se han elaborado y cocido ese mismo día y por tanto no son congelados. Hoy tenemos un aliado en las redes sociales para vendernos y hacer pedagogía.

Finalmente, y cómo no podemos competir en precio con el de los 50 céntimos, no tenemos más remedio que competir en calidad y frescura. No es una opción. Es la única carta.

Todo esto naturalmente es la teoría y luego hay que ver la realidad particular de cada negocio. Pero, ¿hay otro camino?

 

Editorial Dulcypas #421

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